Todos sabemos herir,
todos sabemos lastimar.
Qué poca cosa somos,
cuando hacemos sentir mal.
Qué feo es hacer llorar
a tu madre,
a tu padre,
o a cualquier familiar.
Qué mal estamos actualmente,
tolerando situaciones irreverentes,
cuando el respeto en nuestros antepasados
reflejaba benevolencia por todos lados.
Pero, ¿qué vas a entender
si aún a tus 38 años
ni disculpas, ni perdón
sabés dar?
Hoy en día,
pedir disculpas es un privilegio
que no todos gozan, no todos tienen:
solo corazones sensatos,
con almas nobles y fuertes.


